domingo, 18 de abril de 2010

De vuelta... al colegio (parte 3: Vargas Llosa feat César Moro)

domingo, 18 de abril de 2010

César Moro nació en Lima en 1903, viajó a París a los 22 años y ahí tuvo cercanía con pesos pesados del movimiento surrealista como André Bretón. Su primer libro de poemas fue el único que escribiría en castellano, adoptando el francés como su idioma literario, lengua con la cual proseguiría escribiendo. Luego de muchos años, vuelve al Perú.Según André Coyné, Moro comenzó a morirse cuando regresó a Lima en 1948. Permaneció unido al idioma francés, el cual decidió enseñar en el Leoncio Prado. Ahí fue que conoció a Mario. En este caso no surgió un nexo entre maestro y alumno como en los casos reseñados líneas abajo. Sin embargo si lo recuerda, sin duda:

“(…) supe que uno de mis profesores leonciopradinos era un gran poeta peruano y una figura intelectual por la que, en mis años universitarios, sentiría admiración: César Moro. Era bajito y muy delgado, de cabellos claros y escasos, y unos ojos azules que miraban el mundo, las gentes, con una lucecita irónica en el fondo de las pupilas. Enseñaba francés y en el colegio se decía que era poeta y maricón. Sus maneras exageradamente corteses y algo amaneradas y esos rumores que circulaban sobre él excitaban nuestra animosidad contra alguien que parecía la negación encarnada de la moral y la filosofía del Leoncio Prado. En las clases solíamos «batirlo», como se batía a los «huevones». Le tirábamos bolitas de papel o lo sometíamos a esos conciertos de hojitas de afeitar aseguradas en la ranura de la carpeta y animadas con los dedos, o, los más osados, haciéndole preguntas —transparentes escarnios y provocaciones— que el resto de la clase celebraba a carcajadas. Veo, una tarde, al loco Bolognesi, caminando detrás de él y meneándole el brazo a la altura del trasero como una monstruosa verga. Era muy fácil «batir» al profesor César Moro porque, a diferencia de sus colegas, no llamaba nunca al oficial de guardia para que pusiera orden, echando un carajo o poniendo las papeletas que quitaban la salida del sábado. El profesor Moro soportaba nuestras diabluras y groserías con estoicismo, y, se diría, con una secreta complacencia, como si lo divirtiera que esos precoces salvajes lo insultaran. Ahora estoy seguro de que, de algún modo, lo divertía estar allí. Debía ser para él uno de esos juegos arriesgados a que los surrealistas eran tan propensos, una manera de ponerse a prueba y explorar los límites de su propia fortaleza y los de la estupidez humana a escala juvenil. (El pez en el agua. Barcelona, Seix Barral, 1993, p. 112-113)

4 años después que Vargas Llosa salga del cole, César Moro fallece. Esto hace que su exalumno varíe la visión que tenía sobre él:
En todo caso, César Moro no daba clases de francés en el Leoncio Prado para hacerse rico. Años después, cuando —a raíz de su muerte, por un texto apasionado que André Coyné publicó sobre él— descubrí que Moro había formado parte del movimiento surrealista en Francia, y empecé a leer esa obra que (como para cortar aún más con ese país del que dijo, en uno de sus maravillosos aforismos, que en él «sólo se cuecen habas») había escrito gran parte en francés, hice una investigación sobre su vida y descubrí que su sueldo, en el colegio, era ínfimo. En cualquier otro lugar, menos expuesto, podía haber ganado más. Lo que debió atraerlo de allí era, sin duda, eso: la brutalidad y exasperación que entre los cadetes despertaba su figura delicada, su actitud inquisitiva e irónica, y que se dijera de él que era poeta y hacía el amor como mujer.” (Ibídem, p. 113)

Vargas Llosa entiende la importancia de su antiguo profesor en la poesía peruana y le da la atención que no lo dio en el colegio. Cuando viajó por primera vez a París, en 1958, Vargas Llosa estaba interesado en escribir un ensayo sobre su ex profe. Para esto entrevista al poeta Benjamín Péret y esto es lo que averigua:
Por varios años, en Francia, Moro estuvo en el grupo surrealista —colaboró en Le surréalisme au service de la Révolution y en el Hommage à Violette Nozière— y organizó luego, con Péret y Breton, una Exposición Internacional del Surrealismo en México. Sin embargo, en la historia oficial del grupo, rara vez se lo aludía. Péret se mostró muy evasivo, porque no recordaba casi a Moro o por alguna otra razón, y apenas si me habló del surrealista más auténtico nacido en el Perú y, acaso, América Latina. Quien me dio una pista de las razones de este ostracismo a que había sido condenado Moro por Breton y sus amigos, fue Maurice Nadeau, a quien fui a ver, por encargo de Georgette Vallejo, para cobrarle unos poemas de Vallejo aparecidos en Les Lettres Nouvelles. Nadeau, cuya Historia del surrealismo yo conocía, me presentó a un joven novelista francés, que estaba con él — Michel Butor— y cuando le pregunté las razones por que los surrealistas parecían haber purgado a Moro, me dijo que probablemente se debía a su homosexualismo. Breton toleraba y alentaba todos los «vicios», salvo éste, desde que, en los años veinte, los surrealistas habían sido acusados de maricas. Ésta era la increíble razón por la que Moro había pasado también a ser un exiliado interior dentro de un movimiento cuya moral y filosofía llegó a encarnar con una integridad y un talento ciertamente más genuinos que buena parte de los sacramentados por Breton. (Ibídem, p. 465)


De vuelta a Lima, escribe el
artículo que tenía pensado y que publicaría en el primer número de Literatura, revista que publicaba con Luis Loayza y Abelardo Oquendo, en el que señala:
Recuerdo imprecisamente a César Moro, lo veo, entre nieblas dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ente la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés, la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares (…) Nadie se interesaba por el curso de francés que dictaba, nadie escuchaba sus clases. Extrañamente, sin embargo, este profesor no descuidaba un instante su trabajo. Acosado por una lluvia de invectivas, carcajadas insolentes, bromas monstruosas, desarrollaba sus explicaciones y trazaba cuadros sinópticos en la pizarra, sin detenerse un momento, como si, junto al desaforado auditorio que formaban los cadetes, hubiera otro, invisible y atento. Jamás adulaba a sus alumnos. Nunca utilizaba a los temibles suboficiales para imponer la disciplina. Ni una vez pidió que cesara la campaña de provocación y escarnio desatada contra él. Su actitud nos desconcertaba, sobre todo porque parecía consciente, lúcida. (…)


Pero más allá de las anécdotas y los recuerdos no tan agradables, resalta su valía brindándole, casi un homenaje:
Ocho años después me pregunto cómo situar a Moro en la poesía peruana, a la que parece, también, sustancialmente extraño. En efecto, ¿cómo situar a un poeta auténtico, a una obra realmente original y valiosa, junto a tanta basura, cómo integrarlo dentro de una tradición de impostores y plagio, cómo rodearlo de poetas payasos? Quizá baste señalar que nada vincula a Moro con la vacilante poesía peruana, que nada lo enlaza ni siquiera con las direcciones estimables que ésta ha alcanzado en períodos fugaces. Es cierto que se trata de un poeta puro, porque jamás comercializó el arte, ni falsificó sus sentimientos, ni posó de profeta a la manera de quienes creen que la revolución les exige sólo convertir a la poesía en una harapienta vociferante, pero su pureza no tiene nada que ver con esa suerte de juego de artificio, con esa actitud de aislamiento, de prescindencia del hombre y de la vida, que impregna a cierta poesía de gabinete con un penetrante olor a onanismo y sarcófago. Es cierto que se trata de un poeta comprometido con una fe y una emoción a las que nunca traicionó. Pero la lealtad y la limpieza con que asumió su compromiso, niega y deja en ridículo, precisamente a aquellos, poetas que se llaman comprometidos porque repiten una retórica ajena y explotan ciertos tópicos que sólo los preocupan de la piel para afuera, con una insinceridad snob tan evidente, como la de aquellos pintores indigenistas, fabricantes de pastiches, y traficantes innobles de una realidad lacerante, que clama por combatientes, no por mercaderes fotógrafos. Pero además de ser auténtico, sincero, Moro es también un gran poeta. Es sabido que este calificativo no se gana como el cielo, sólo con buenas intenciones. No basta ser consecuente consigo mismo, ajustar estrictamente una conducta a la moral que le puede respaldar una obra con una actitud convincente, para leer un gran poeta. Es preciso aquella cualidad indefinible, que ciertos autores nos revelan al ponernos en contacto inmediato con aspectos inusitados de la realidad al descubrirnos zonas imprevistas de la sensibilidad y la emoción, al transmitirnos el misterio, la alegría o el dolor de las cosas y los hombres.

La impresión no quedó en el artículo y un poco fue más allá porque, en La ciudad y los perros, también lo convierte en un personaje que forma parte del zoológico del colegio, el profesor Fontana:
(…) estaba muy contento, jode y jode al marica de Fontana, en las clases de francés uno se divierte mucho, vaya tipo raro, Fontana. El serrano decía: Fontana es todo a medias; medio bajito, medio rubio, medio hombre. Tiene los ojos más azules que el Jaguar, pero miran de otra manera, medio en serio, medio en burla. Dicen que no es francés sino peruano y que se hace pasar por francés, eso se llama ser hijo de perra. Renegar de su patria, no conozco nada más cobarde. Pero a lo mejor es mentira, ¿de dónde sale tanta cosa que cuentan de Fontana? Todos los días sacan algo nuevo. De repente ni siquiera es marica, pero de dónde esa vocecita, esos gestos que provoca pellizcarle los cachetes. Si es verdad que se hace pasar por francés, me alegro de haberlo batido. Me alegro que lo batan. Lo seguiré batiendo hasta el último día de clase. Profesor Fontana, ¿cómo se dice en francés cucurucho de caca? A veces da compasión, no es mala gente, sólo un poco raro. Una vez se puso a llorar, creo que fue por las "Gilletes", zumm, zumm, zumm. (…) Fontana como si nada, un mudo que mueve la boca y la sinfonía cada vez más bonita, más igualita. Y entonces cerró los Ojos y cuando los abrió lloraba. Es un marica. Pero seguía moviendo la boca, qué resistencia de tipo. Zumin, zumni, zumin. Se fue y todos dijeron "ha ido a llamar al teniente, ya nos fregamos, pero eso es lo mejor, sólo se mandó mudar. Todos los días lo baten y nunca llama a los oficiales. Debe tener miedo que le peguen, lo bueno es que no parece un cobarde. A veces parece que le gusta que lo batan. Los maricas son muy raros. Es un buen tipo, nunca jala en los exámenes. Él tiene la culpa que lo batan. ¿Qué hace en un colegio de machos con esa voz y esos andares? El serrano lo friega todo el tiempo, lo odia de veras. Basta que lo vea entrar para que empiece, ¿cómo se dice maricón en francés?, profesor ¿a usted le gusta el catchascán?, usted debe ser muy artista, ¿por qué no se canta algo en francés con esa dulce voz que tiene?, profesor Fontana, sus ojos se parecen a los de Rita Hayworth. Y el marica no se queda callado, siempre responde, sólo que en francés. Oiga, profesor, no sea usted tan vivo, no mente la madre, lo desafío a boxear con guantes, Jaguar no seas mal educado. Lo que pasa es que se lo han comido, lo tenemos dominado. Una vez lo escupimos mientras escribía en la pizarra, quedó todito vomitado, qué asquerosidad decía Cava, debía bañarse antes de entrar a clases.

Hasta que, al menos en la versión de la novela, el profe se aburrió de que lo agarren de lorna y decidió vengarse:
Ah, esa vez llamó al teniente, la única vez, qué papelón, por eso no volvió a llamar a los oficiales, Gamboa es formidable, ahí nos dimos cuenta todos de lo formidable que es Gamboa. Lo miró de arriba abajo, qué suspenso, nadie respiraba. ¿Qué quiere que haga, profesor? Usted es el que manda en el aula. Es muy fácil hacerse respetar. Mire. Nos observó un rato y dijo ¡Atención!, caracho en menos de un segundo estábamos cuadrados. ¡Arrodillarse!, caracho en menos de un segundo estábamos en el suelo. "Marcha del pato en el sitio", y ahí mismito comenzamos a saltar con las piernas abiertas. Más de diez minutos, creo. Parecía que me habían machucado las rodillas con una comba, un-dos, un-dos, muy serios, como patos, hasta que Gamboa dijo ¡alto! y preguntó ¿alguien quiere algo conmigo, de hombre a hombre?, no se movía ni una mosca. Fontana lo miraba y no podía creer. Debe hacerse respetar usted mismo, profesor, a éstos no les gustan las buenas maneras sino los carajos. ¿Quiere usted que los consigne a todos? No se moleste, dijo Fontana, qué buena respuesta, no se moleste, teniente. Y comenzamos a decir ma-ri-qui-ta, con el estómago, eso es lo que hacía Cava esta tarde, porque es medio ventrílocuo.

Creo que, tardía pero efectivamente surgió una relación entre estos dos escritores. Una vez un amigo me contó que, por la calidad de su obra y por sus contactos en Europa, César Moro estuvo cerca de candidatear al Premio Nobel con altas probabilidades de recibirlo, pero que el tema político y la Segunda Guerra Mundial estropearon su oportunidad. Si esto es cierto, existiría una cosa más en común entre Vargas Llosa y César Moro.
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