sábado, 14 de enero de 2017

Viajar libros (14): Milán

sábado, 14 de enero de 2017

En una época, muchos autores americanos -del norte y el sur- soñaban con ir a Europa (quizás ahora sería a EEUU). Incluso los propios europeos disfrutaron y relataron sus viajes por el Viejo Continente, como Goethe por Italia, Joyce en Suiza o Kafka en París, así que esto no es nuevo para los escritores. Y supongo que tampoco para los lectores. Desde esa modesta perspectiva, o de algo en el medio, trataré de contar esta breve travesía.

Llegué a Milán luego de una escala y 16 horas de vuelo. El 8 de setiembre de 1811, Stendhal relataba así su arribo a esa ciudad en sus Diarios: "Mi corazón desborda. Ayer y hoy he experimentado sentimientos deliciosos. Estoy a punto de llorar". Él había estado antes allí un tiempo que - en Recuerdos de egotismo- calificó como el mejor momento de su vida. Yo quizás no estaba tan emocionado, por el cansancio y porque llegué de noche solo y no sé hablar italiano. O tal vez solo fueran los nervios.

Temprano, me dirijo a la estación del metro que, curiosamente, se llama Lima. En mi mente, estaba la imagen de que Italia es calurosa, hasta que recordé el episodio de las huellas en la nieve de El nombre de la rosa y dejé de ser el ingenuo Adso de Melk para acercarme más a Guillermo de Baskerville. Felizmente se me ocurrió esto antes de hacer las maletas. Hace bastante frío. Al salir nuevamente hacia la superficie, veo que una parte de la calle está cubierta de blanco, un granizo escaso y algo resbaloso, como si hubieran vaciado sacos de sal en el suelo. Dejan marcas mis pisadas, pero supongo que ningún monje estará tras ellas.



Voy primero al Castello Sforzesco. Aquí, el año pasado, le dieron el último adiós a Umberto Eco, que vivía muy cerca (desde sus ventanas se podía ver las almenas del castillo)


La ceremonia tras su fallecimiento fue laica, como Eco, lo pidió, en el Cortile della Rocchetta, un patio empedrado al interior de este castillo del siglo XV que el escritor amaba. La despedida congregó a cientos de personas.


Luego de visitar el castillo, es relajante un paseo por el Parque Semprione que se encuentra al frente. Originalmente, pensé quedarme solo un día en la capital lombarda, pero al final fueron tres. En esta urbe vivió y murió Dino Buzzati y, así como le dí otra oportunidad a la ciudad, tal vez deba hacer lo mismo con este autor, admirado por Borges y Ribeyro, del que solo leí El desierto de los tártaros, que no me gustó mucho y me faltan sus cuentos, varios de ellos ubicados aquí.



Al día siguiente, me encuentro como en el poema de Eielson y, efectivamente, caminando por las calles de Milán: "Se ven sólo animales/ Bien vestidos. Ellas parecen faisanes/Con el cuello de jirafa/Y las piernas de pantera. Ellos/ Manejan un tiburón/En lugar de un automóvil/Todos se mueven con gracia/Para desgracia de todos y todos/Tienen cabellos de oro y teléfonos/De seda (...)". Entre calles atravesadas por Ferraris y Lamborghinis y chicas que parecen supermodelos, pienso que el autor de El cuerpo de Giulia-no, como Buzzati, aunque no nació aquí, vivió casi toda su vida y dejó de existir en esta ciudad, así que debió conocerla bien. Llego al lugar más clásico de la ciudad, el Duomo.



En esa misma plaza está la Galería Víctor Manuel II, un centro comercial muy conocido, con algunas librerías simpáticas y un paraíso consumista rebosante de locales de marcas famosas Prada, Armani, Gucci. Quizás lo más destacado en esa plaza es la sede de la célebre editorial local y una de las más importantes del mundo: Mondadori, que actualmente se ha fusionado con Penguin Random House. Esta Galería conecta la Piazza del Duomo con la Piazza della Scala, donde se encuentra el famoso Teatro de la Scala, considerado el mejor del mundo y donde, entre otras muchísimas óperas, se estrenó Blimunda, basada en una de mis obras favoritas de Saramago, Memorial del Convento.



Pero si hay un lugar que ha sido realmente escenario de arte y épica ese es el Estadio de San Siro (o Giussepe Meaza), sede de Italia 90 y de la última final de la Champions, donde para variar ganó el Real Madrid de CR7.





En la noche, voy a la Iglesia de Santa María delle Grazie, en la que se encuentra la pintura mural original de La última cena, ese cuadro que es casi protagonista del popular best seller El código Da Vinci. He leído casi todo lo escrito por Dan Brown (sin comprar nada, no me da para tanto) y noto que mi recorrido seguirá el de varios de sus libros ¿Les parece demasiado comercial? ¿No muy "artístico"? Pensaba lo mismo de Milán y estaba equivocado.


Próximo destino: Génova.

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