lunes, 25 de mayo de 2015

Premios Nobel de Literatura que también vinieron al Perú

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Me imagino que los mismos que le creyeron a Iván Thays (si, Mónica, tú no fuiste la única) que vendría Paul Auster hace unos años y los que creyeron que Stephen King iría a la Feria de Huancayo, y Sasha Grey a la FIL y Tarantino al Festival del Cine PUCP, se ilusionaron pensando que vendría el Premio Nobel de Literatura 2012, el chino Mo Yan a dar una conferencia en San Marcos. Lamentablemente, se canceló por decisión de la embajada china. Sin embargo, sí llegó a venir y estuvo en el Museo en Pueblo Libre

Además de él, y obvio, del Premio Nobel 2010, otros galardonados también han visitado estas tierras. No perdamos la esperanza. Quizás algún día, como aquicito nomás en Colombia, lleguen Coetzee o Le Clezio.

1. Ernest Hemingway (Premio Nobel 1954): Es bastante conocido que el escritor norteamericano, que además fue soldado en la Primera Guerra Mundial, cazador y fanático de los toros e incluso tiene su propia figura de acción, arribó a Cabo Blanco, Piura, el 16 de abril de 1956, cuando ya había ganado la famosa distinción de la Academia Sueca. Creo que fue el único que no dio ninguna conferencia ni nada de esas cosas. Solo vino para pescar algunos merlines, tomar whisky y pasarla chilling, los que eran algunos de sus tantos hobbies. Se quedó 36 días acá y le regalaron un pisco que se lo chupó ahí mismo.

2. Pablo Neruda (Premio Nobel 1971): El poeta chileno llegó a Lima en 1966, gracias a las gestiones de Ciro Alegría y estuvo en la Universidad Nacional de Ingeniería. Fue condecorado con la Orden del Sol por Fernando Belaúnde. De él dijo, en su libro de memorias titulado Confieso que he vivido: "(...) el presidente peruano de ese tiempo, Fernando Belaúnde, era mi amigo y mi lector sigo creyendo que el arquitecto fue un hombre de intachable honestidad". Y claro, no podía dejar de visitar el Cuzco, especialmente Machu Picchu, que le inspiraría una de sus más célebres obras.

3. Gabriel García Márquez (Premio Nobel 1982): El novelista colombiano nos caería al poco tiempo, del 5 al 7 de setiembre de 1967, y también estuvo en a la Universidad Nacional de Ingeniería, en la cual daría una conferencia junto a Mario Vargas Llosa. La revista Amaru de dicha universidad había publicado algunos extractos de Cien años de soledad. De la conversa entre los dos ex-amigos se publicaría el libro La novela en América Latina. Diálogo, que fue reeditado el año pasado.

4. José Saramago (Premio Nobel 1998): El narrador portugués llegó a Lima el 15 de diciembre de 2000 y también se dio tiempo para visitar Machu Picchu y opinar de la difícil situación política, donde "valientemente" el ¿presidente? de la época renunció por fax y se refugió muy lejos del Perú, en vez de afrontar los problemas que dejaba en el país. Algunas de las preguntas que le hicieron en su conferencia, y sobre todo las respuestas, fueron muy curiosas. Diez años después, le diríamos adiós.   
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lunes, 18 de mayo de 2015

¿Vale la pena hacer campañas a favor de la lectura?

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Ya habíamos hablado antes de Mónica Cabrejos en este blog. De como nos sorprendió verla en el stand de Perú -pagado con dinero de todos- en la última FIL Guadalajara, a pesar que deben haber varias personas con más experiencia y libros bajo el brazo. Qué suerte tener amigos en Promperú. De Iván Thays sí creo que nunca habíamos hablado.



Sin embargo, plumas más alturadas que las hormonadas de esta humilde ave de corral, seguramente se pronunciarán con mayor elegancia y precisión respecto a su ventilado affaire. Nosotros trataremos de seguir con el tema de la semana pasada.

A veces me pregunto si la relación entre estos próceres de nuestras letras  no será una jugada mediática para promover la lectura (?) digna de la maquiavélica mente de algún Favre librero que aún desconocemos.

¿Exagero? Para nada. Las campañas para difundir/ promocionar la lectura son innumerables, algunas ingeniosas y otras algo lisérgicas. Así tenemos desde algunas con la participación directa de estrellas de Hollywood como Nicole Kidman, otras con la participación de dos integrantes de Combate y hasta otras que, bueno, mejor véanla ustedes mismos:




La campaña "Perrea un libro" finalmente fue anulada por la UNAM, que terminó retractándose. Si lo que querían era relacionar el sexo con libros, quizás debieron ser más directos, no sé, chicas en topless leyendo, ah, no, eso ya se hizo. O, para que no digan que soy sexista, debieron poner chicos guapos leyendo, ah perdón, eso también se hizo.

El problema de estos intentos es que se parte de la premisa que la lectura de libros es aburridísima y que solo se aguanta con gente atractiva al costado. Pero en general, debo confesar que nunca he entendido las campañas o promociones “a favor de la lectura”. Me parecen mal enfocadas y hasta innecesarias. No entiendo porque habría que “difundirla”. Creo que todo el mundo sabe que existe. Si a pesar de eso no la practican, por algo será ¿no? ¿Por qué se publicita entonces? En todo caso habría que difundir también el gusto por la música, el cine, la pintura y otras manifestaciones culturales igualmente válidas.

La insistencia en frases como “el libro es cultura” o “read to achieve” (como se usa en USA) solo va a provocar actitudes similares a la de la Chilindrina, el Chavo y los demás alumnos del salón en ese capítulo en el que el profesor Jirafales les dijo que lean. Y no sólo, como muchas veces se malentiende, se produce esta reacción en los sectores socioeconómicos más bajos o de menor acceso a la educación. Lo mismo pasa entre personas que han tenido mejores oportunidades, no sólo en nuestro país, sino incluso en el extranjero. Un buen ejemplo de esto fue el artículo publicado en El País –uno de los periódicos más prestigiosos de España–  con el rótulo “Yo no he leído el Ulises ¿y qué?”[1].

Como vemos, la sacralización de algo, en este caso de leer, tiene como correlato exactamente lo contrario de lo que se busca y despierta cierta vocación iconoclasta hacia lo defendido como positivo. Este problema se incrementa si los partidarios de las campañas pro-lectura no articulan una política coherente o, al menos, comparten ciertos criterios en común respecto al por qué la lectura es saludable. Es decir, todos asumen que la lectura es positiva y es por eso que hay que difundirla. Pero, antes de asumirlo, previamente habría que tener algo claro: ¿por qué la lectura es positiva?

La respuesta, quizás, la próxima semana.



[1] El País, 15 de mayo de 1993. Extraído de García Tortosa, Francisco. “Introducción” en Joyce, James. Ulises. Madrid, Cátedra, 1993, p. XXII.

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lunes, 11 de mayo de 2015

¿En el Perú se lee (libros)?

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Hace dos semanas, comentábamos como, en muchas ocasiones, cuando se estaba aparentemente difundiendo o promoviendo la lectura, en realidad solo se estaba promoviendo un tipo particular de lectura, que es la lectura de libros.



Al respecto, existen estadísticas que señalan que, al menos en Lima, el 79% de la población lee periódicos, de hecho según el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), somos el país que más lee diarios en Latinoamérica

Sin embargo, respecto a la lectura de libros, no solo estamos lejos de la cima en la región sino que, de acuerdo a otra investigación, un 26% de peruanos nunca en su vida ha leído un libro.

Este tipo de datos son importantes en el tema de la difusión de la lectura. Parece lógico que, antes de iniciar cualquier acción a favor de algo, sería pertinente preguntarnos cual es la situación al respecto en nuestro país. Partimos del supuesto que, si una actitud es moneda corriente en la población, es probable que no sea necesaria su difusión masiva. Es decir, así como en ciertos países nórdicos se fomenta la natalidad entre las parejas, este tipo de promociones serían impensables en  nuestro país por razones obvias. Si en el Perú se lee, entonces no es necesario difundir la lectura. Quizás no sería necesario tampoco escribir esto.

Creo que en nuestro país adolecemos al respecto de un claro “estado de la cuestión”. En términos generales, los números nacionales al respecto son bastante desalentadores, como comenté en este post. Según los resultados obtenidos por el estudio “Hábitos de lectura y ciudadanía informada en la población peruana-2004” (Biblioteca Nacional del Perú-Universidad Nacional de Ingeniería) del total de población en capacidad de leer (alfabetos), 26% manifiesta no hacerlo. El resto (74%) alcanza a leer en promedio poco más de un libro al año. Un libro al año es nada comparado con los promedios internacionales. Este 74% de "lectores" se reduce a 55% de acuerdo a los criterios de CERLALC. Estamos en los últimos puestos en libros leídos por persona (click en el capítulo 2). Y eso, asumiendo que la gente entiende lo que lee, porque estamos antepenúltimos en eso.

En resumen, estamos en la cola. Ojo que los datos son sobre lo que la gente lee, no sobre lo que compra, y es que si hay una diferencia.  

Sin embargo, a pesar de la desfavorecedora estadística, un gran número de editores, especialistas o vendehumo postulan lo contrario. A su favor mencionan la mayor producción de libros, el aumento en las ventas y la cantidad de piratería.  “¡Pero, claro que se lee!” me responde un amigo “si no, no existirían Quilca o Amazonas”.

Otro ejemplo que se suele mencionar es el de las promociones de los periódicos. Son baratos y de regular calidad, por lo que se venden como pan caliente (la tirada a veces bordea los cuarenta mil ejemplares). Además se presentan como colección, por lo que muchas personas compran libros que originalmente no les interesaban, para tener el listado completo. Resumiendo: se compran un montón de volúmenes. ¿Cuántos se leen? He ahí la cuestión.

Creo que el error radica, como mencionamos en otro post, en confundir el comprar un libro con leerlo. Son dos cosas muy distintas y no necesariamente relacionadas. Muchas veces se compra libros porque se considera un buen regalo, porque nos han obligado en la universidad o el colegio, porque lo necesitamos para la oficina. Pero no quiere decir que lo leamos. Probablemente sólo consultemos una parte y luego lo olvidemos. Algunas personas hasta consiguen obras por motivos estéticos: “¡Qué linda se vería la sala si en esa repisa ponemos algunos libros!”.

Y es que parecería difícil para algunos pensar en leer como una diversión popular e incuestionable con la extraordinaria gama de opciones para distraernos que tenemos en la actualidad. Internet, playstation, películas y series, música en todos los formatos, televisión por cable, etc., ventajas de las que no gozaban los lectores de hace cincuenta años.

Pero si nos vamos a la otra posición –la que indica que en nuestro país la lectoría de libros es bajísima o inexistente– el dilema se mantiene. No se puede afirmar tan fácilmente el rechazo a la lectura. Por ejemplo, en los colegios, más de un alumno podría callarse o mentir ante una encuesta para evitar las burlas de sus amigos y quedar como nerd (en otro contexto alguien podría mentir en una encuesta para “no quedar mal”). Y al margen de las encuestas, y a diferencia de los que compran libros, una persona que nunca compra y nunca ha sido encuestada podría leer muchísimo simplemente prestándose de amigos o yendo a una biblioteca, sin dejar mayores rastros de su proceder con lo que no habría manera de contabilizarlo en las filas de lectores. Y si a esto le sumamos la escasez  en nuestro país de espacios de diálogo sobre estos temas podemos concluir que es difícil saber, con total certeza, si nuestra nación es lectora de libros o no.

Hay que tener en cuenta que incluso las estadísticas y encuestas en esta materia son bastante desactualizadas, lo que demuestra que el estado de la cuestión sigue siendo poco claro.

En resumen, es relativamente arbitrario inclinarse por una respuesta o la otra. En la actualidad, no podemos todavía afirmar algo al respecto con total seguridad. Esperemos que en el futuro se puedan hacer investigaciones rigurosas que nos lleven a mejor puerto. Al margen de esto, aun en el caso en que en el Perú se lea bastante, en teoría siempre se podría alentar más esta conducta. La pregunta sería ¿para qué?

La respuesta, tal vez, la próxima semana.
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lunes, 4 de mayo de 2015

May the 4th be with you

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Seguro ya todos, más un día como hoy, han visto las recientes imágenes exclusivas del futuro episodio VII de Star Wars: (cortesía de Vanity Fair)



¿Para qué sirven los blockbusters o las películas palomiteras? puede preguntarse alguien. ¿Tienen alguna utilidad además del mero entretenimiento? O en vez de estar concentrando nuestros esfuerzos en The Force Awakens ¿deberíamos estar viendo alguna cinta de Aki Kaurismäki?

Extrapolando lo anterior al caso de los libros, podríamos preguntarnos algo similar de los best sellers. Sobre todo ahora que las sagas parecen haber tomado el control de buena cantidad de las lecturas.

¿Es malo que muchos de los adolescentes de ahora lean y se obsesionen con lecturas de dudosa calidad como las sagas de Los juegos del hambre, Maze runnerDivergente o Cincuenta sombras de Grey?

Creo que no necesariamente. De hecho, la relación entre cine y literatura puede ser productiva porque es un gran impulso para empezar a leer. Cuando una película, te gusta o impresiona mucho, una excelente fuente para conocer más de la historia y satisfacer tu curiosidad es el libro del film. Puedes encontrar el nombre de un personaje secundario o repetir un diálogo con calma  (ahora también se puede con imdb por ejemplo, pero antes no teníamos eso).



Yo empecé a leer con La guerra de las galaxias. De hecho, ese fue mi primer libro sin dibujitos. Puede parecer una tontería, pero para mí, lo que define a un potencial lector, de alguien que no lo será, es el momento en que uno puede leer un libro sin dibujitos (mientras más joven, mejor).

Como dije, empecé a leer gracias a La guerra de las galaxias. Pocos lo recuerdan pero, a diferencia de muchos libros basados en películas, lo que conocemos como el Episodio IV una novela antes que un film (se publicó en 1976, un año antes del estreno de A new hope). Dicen que George Lucas tenía tantas ideas que explicar, como por ejemplo definir a un wookie o describir a R2D2 que decidió ordenar todos los esquemas y borradores y plasmarlos en un texto orgánico.

Como muchos de mi generación, lo leí en la colección de Best Sellers de Oveja Negra, esa editorial de la que ya hablamos en otro post, y que además también publicaría El imperio contraataca, El regreso del Jedi y una multitud de libros basados en películas o viceversa: Los cazadores del arca perdida, Tiburón, King Kong, Rambo, Desde Rusia con amor y un largo etcétera. 

Creo que lo mismo sucedió en una generación posterior con la saga de Harry Potter y a mí me ocurriría algo parecido con Lord of the Rings, la que probablemente nunca hubiera leído de no haber sido por la versión de Peter Jackson. Quizás a alguien le pasó lo mismo con libros como Los hombres que no amaban a las mujeres y toda la saga de Millenium. Incluso ahora, hasta El profeta de Kahlil Gibran tendrá versión fílmica

Por eso es que creo que cada generación puede ir teniendo su best seller/blockbuster sin que sea algo necesariamente malo, de hecho algunas de estos libros motivan a leer más que cualquier Plan LectorLo único malo sería que te quedas leyendo solo eso y no vayas más allá. Porque si esperas que todo lo que leas tenga película nunca disfrutarás Cien años de soledad, Rayuela o Ulises. Y ahí sí que serías parte del lado oscuro. 

Esa es una de las razones por las que le estaré eternamente agradecido a La guerra de las galaxias. Porque gracias a esa saga, empecé a descubrir parte del placer de la lectura, placer que, como la Fuerza, es difícil de explicar y exige mucha práctica. En esta eterna batalla no hay que desanimarse, estimado lector. Y que la fuerza te acompañe. 
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lunes, 27 de abril de 2015

¿Difundir la lectura o el libro?

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El amor a los libros, como toda pasión violenta, está sujeta a toda clase de arbitrariedades

La caza sutil
Julio Ramón Ribeyro



¿Se acuerdan de este capítulo de “El chavo del 8”? 



La reacción de los alumnos luego del panegírico del Profesor Jirafaleses similar a la que, cuentan los cronistas, tuvo el primer peruano al que se le ofreció un libro, es decir, el inca Atahualpa.

Como vemos, promover la lectura es una tarea complicada.
De hecho, parecería que luego de casi 500 años, la reacción del promedio no cambiaría mucho. Pero en la misión, casi evangelizadora, de tratar de incentivar la lectura, surgen ciertas aseveraciones que, terminan convirtiéndose en arbitrariedades como las que se insinúan en el epígrafe de este texto.

Una de estas arbitrariedades es hablar indistintamente del libro y de la lectura como si fueran sinónimos. La segunda está referida a afirmar gratuitamente que en el país existe un gusto por la lectura o no. Otra discurre sobre la decisión casi arbitraria de promover la lectura sin preguntarnos por qué o para qué. Una hipótesis que también se suele postular arbitrariamente es la del “fin del libro”. Empezaremos con el primero de estos axiomas. 

¿Libro = Lectura?

Respecto al primero, creo que todos alguna vez hemos incurrido en este error. Sobre todo frente a la clásica pregunta: ¿Te gusta la lectura?¿Cuánto tiempo le dedicas al día? 

Es necesario separar las consideraciones que se deberían dar al libro con las que se podrían asignar a la lectura. La lectura es algo muy genérico. Descontando a los analfabetos, todos leemos, casi todo el tiempo, aunque no nos guste la lectura o los libros. Leemos cuando tomamos un bus, para verificar a que ruta va. Cuando vamos al cine, si la película está subtitulada. Cuando almorzamos en un restaurante, para elegir un platillo de la carta. Cuando esperamos a alguien y verificamos sus mensajes de texto para ver porqué se demora. Y estas actividades solo demuestran que no tenemos auto propio, nos gusta el cine, ciertas comidas o que nos han plantado; pero poco tienen que ver con el gusto por los libros.

Pero incluso en el caso de las personas que afirman tener gusto por la lectura, no leen necesariamente libros. Muchos leen periódicos, revistas, cómics etc. No en vano, Ribeyro diferencia el amor a los libros del amor a la lectura[1]

Establecidos claramente los contrastes entre ambos elementos, podemos ir más allá. Si precisamos que nos referimos sólo a una de las muchas familias de la lectura, a la lectura de libros, incluso en ese caso también la situación es ambigua. La relación con los libros presenta múltiples facetas y no sólo se limita “al placer de un buen libro” como se suele repetir. Los libros no se leen solo como acción creativa y placentera sino también por obligación académica, por necesidad laboral o “en busca de consejo” como sucede con los libros de autoayuda. Al respecto, se ha señalado que estas diferentes manifestaciones sobre la lectura de libros, puede analizarse con cuatro criterios: 1) lectura activa, 2) lectura pasiva, 3) lectura voluntaria y 4) lectura obligada. Combinando esos criterios entre sí, se llegarían a establecer cuatro tipos de lecturas de libros[2], taxonomía que consideramos presentan un espectro más grande de la realidad de la lectura de libros y con la que en líneas generales estamos de acuerdo. No sé hasta que punto se puede hablar de actividad reflexiva y crítica a pintar con un resaltador amarillo una fotocopia a las tres de la mañana. O a leer las tres primeras páginas de una novela entre rumias de descontento para luego buscar el resumen de la misma en monografías.com.

Pero precisando más aún, podemos concluir que nos referimos a una sola de las formas de la lectura, la lectura activa y voluntaria. Definición que podría ser objeto de cuestionamientos a su vez. Este subgénero de la lectura que mencionamos puede ser a su vez subdividida en otras categorías como, por ejemplo, las que usa Eliseo Verón en su libro paradójicamente titulado Esto no es un libro [3]. Estas subcategorías, para este autor serían: 1) lectura temática, 2) lectura problemática, 3) lectura ecléctica, 4) lectura ficcional por autores, 5) lectura ficcional por géneros y 6) lectura de novedades. 

Pero no es necesario adentrarnos en estas seis subespecies para responder a nuestra pregunta. Todas son parte de la lectura de libros de manera activa y voluntaria. Así, es fácil concluir que el fenómeno de la lectura es muy complejo y no solo comprende la lectura voluntaria de libros, qué es la que suele incentivarse en las campañas de promoción de la lectura. Sin embargo, por razones prácticas, suelen usarse como equivalentes. A partir de ahora, siempre que nos refiramos a “la lectura” o a “leer” nos estaremos refiriendo a la lectura de libros de manera activa y voluntaria.

Como vemos, el fenómeno de la lectura es muy complejo y existen varios "tipos" de lectura. Por eso lo que impulsaba el Profesor Jirafales, es solo un tipo de lectura en particular (lectura voluntaria de libros). Para difundir este tipo de lectura, habría que preguntarse primero cual es la situación al respecto en nuestro país, es decir: ¿existe en el Perú afición por la lectura? (entendiéndose lectura por lectura voluntaria de libros).

La respuesta, quizás, la próxima semana.






[1] “En realidad existe un amor físico a los libros muy diferente al amor intelectual por la lectura”. Ribeyro, Julio Ramón. “El amor a los libros” en La caza sutil. Lima, Milla Batres, 1976, p. 45.

[2] Sagastizábal, Leandro de; Estevez Fros, Fernando (comp.). El mundo de la edición de libros: un libro de divulgación sobre la actividad editorial para autores, profesionales del sector y lectores en general. Buenos Aires, Paidós, 2002.

[3] Verón, Eliseo. Esto no es un libro. Barcelona, Gedisa, 1997, p. 59-72.
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lunes, 20 de abril de 2015

¿Qué tienen en común James Joyce y Julio Ramón Ribeyro?

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En este blog nos encanta hacer asociaciones tiradas de los pelos como por ejemplo comparar un libro (Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson) a la vez con Dan Brown y con 2666 de Bolaño o hacer un símil entre la última novela en vida de Saramago (Caín) y ese aburrido anime bíblico llamado La casa voladora. Esta vez trataremos de hacerlo menos obvio.



En un principio, además de que el nombre de ambos autores empieza con "J", parecería que poco los une. Uno es quizás el escritor más grande del siglo XX, que cambió la literatura para siempre. Y el otro, lamentablemente, es probable que sea sobre todo conocido en Perú y que pocos lectores de otras latitudes lo hayan leído. Al menos de lo poco que he visto en México y Argentina las librerías sólo tienen en sus estantes a Vargas Llosa y a Santiago Roncagliolo, por ahí algo de Bryce y Daniel Alarcón, nada más. El resto casi no existe.

Pero incluso en el Perú, cuando se habla de la generación del 50, suele mencionarse la influencia de Joyce en las técnicas y en el desarrollo de la literatura de este grupo de escritores peruanos, menos en el caso de Ribeyro, a pesar de ser un destacado miembro de esta generación, al que se le considera alejado de la influencia joyceana[1] y muchos críticos lo relacionan más relacionado a escritores como Poe, Chejov, Maupassant[2] o Henry James[3]; por lo que ha sido catalogado burlonamente como “el mejor escritor peruano del siglo XIX”. Sin embargo, se equivocan.

Es cierto que Ribeyro no mostró mayor entusiasmo por la tremenda revolución estilística que causó el autor irlandés. De alguna manera hasta mostró cierto desdén por la obsesión con el tema de la técnica[4]. Ni siquiera lo cuenta entre sus escritores favoritos[5]. Pero la influencia muchas veces es inconsciente y al margen del tema de los gustos personales, Ribeyro era un gran lector y definitivamente había leído a Joyce y supo apreciar su gran calidad narrativa[6].

Teniendo en cuenta que el aspecto más relevante en la literatura de Ribeyro fue el cuento, vamos a centrarnos en esto y su contraparte joyceana: Dublineses. A primera vista, la estructura narrativa en ambos autores también presenta parecidos. Son historias donde transcurren diferentes etapas de la vida: niñez (como en “Araby” y “Los merengues”) adolescencia (“Después de la carrera” y “Un domingo cualquiera”), adultez (“Una nubecilla” y “El jefe”) y madurez (“Un caso doloroso” y “Una aventura nocturna”). El escenario suele ser la ciudad (siempre en el caso de Joyce y en la mayoría de veces en Ribeyro).

La “parálisis”

Un elemento clave para entender el célebre libro de cuentos del irlandés es el concepto de “parálisis” que articula, en gran medida, la narrativa breve ribeyriana.

Es conocido que Joyce tuvo como temática principal de Dublineses la lucha contra la “parálisis” de su ciudad natal.[7] Esta parálisis es moral, intelectual y social y se entiende como la impasividad ante una realidad que los supera y que está plagada de impotencia, frustración, represión y muerte, toda una colección de “horrores particulares”[8]. Es una parálisis también basada en la situación de la urbe y la rutinaria vida de los sus habitantes. En ese sentido, por el enfoque que se la da a la ciudad[9], Dublín y Lima tendrían puntos en común[10], en su vocación paralizante.

Es interesante la relación que se da entre la parálisis y la clase media como su principal víctima, hecho sintomático si tenemos en cuenta que la mediocridad de la clase media es un tema recurrente en los cuentos de Ribeyro. Al respecto Vargas Llosa menciona que Joyce es “uno de los escasísimos autores contemporáneos que ha sido capaz de dotar a la clase media –la clase sin heroísmo por excelencia- de un aura heroica y de una personalidad artística sobresaliente” realizando una “dificilísima hazaña: la dignificación artística de la vida mediocre[11]. No debe extrañarnos entonces que el autor de La casa verde afirme refiriéndose a las particularidades de la obra de Ribeyro, que “todos sus cuentos y novelas son fragmentos de una sola alegoría sobre la frustración fundamental de ser peruano: frustración social, individual, cultural, psicológica y sexual[12].

Todos los cuentos que analizamos a continuación (y que son significativos en la obra del cuentista miraflorino) presentan el mismo proceso basados en la idea de la parálisis. Proceso que tiene tres pasos: 1. Situación inicial de parálisis. 2. Elemento imprevisto que amenaza romper la situación de parálisis. 3. Resultado final.

Situación inicial de parálisis: se refleja como el estado primario contra el que los personajes tratan de luchar y que los mantiene en situación de inmovilidad (en términos de Oquendo[13]) en sus deseos de darle un nuevo rumbo a su vida condenándolos a mantenerse perennes en la misma situación opresora (familiar, social, económica etc.).

Elemento imprevisto que amenaza romper la situación de parálisis: puede ser cualquier proyecto, posibilidad o situación, a veces buscado por el personaje y a veces surgido de repente que parece mostrar la posibilidad de algo nuevo. Este elemento sorpresivo, revelador puede relacionarse con el concepto de epifanía joyceana.[14]

Resultado final: es normalmente el fracaso, en ocasiones por culpa de los personajes o por una causa externa, la causa no importa porque el final es el mismo, elemento recurrente en la narrativa breve ribeyriana que más de un crítico ha resaltado.[15] Este esquema de tres pasos también ha sido percibido por Higgins[16] y por Irene Cabrejos[17], que lo denomina “proceso temático” o “proceso gnoseológico de reconocimiento” (sí, usamos estos términos solo para impresionar un poco :D).

Hemos elaborado un pequeño cuadro que muestra este proceso en algunos relatos:

Cuento
Situación de “parálisis”
Elemento que trata de remover la parálisis
Situación final
Los gallinazos sin plumas
Pobreza, explotación de los personajes
Muerte de Don Fermín
Éxito

El primer paso
“Ladronzuelo” mediocre

Posibilidad de un “gran golpe”
Fracaso
Los merengues/
Por las azoteas
Niño oprimido en un mundo de adultos
Robo del dinero/ Presencia del hombre de la azotea
Fracaso
De color modesto

Joven marginado social y económicamente
Affaire desaprobado socialmente
Fracaso
El banquete
Pareja marginada social y económicamente
Banquete para mejorar posición económica y social
Fracaso
Explicaciones a un cabo de servicio
Hombre marginado económicamente (desempleado)
Proyecto de empresa para mejorar su situación
Fracaso
El profesor suplente

Hombre marginado social y económicamente
Posibilidad de nuevo trabajo como profesor suplente
Fracaso
La piel de un indio no cuesta caro
Hombre de clase media
Posibilidad de denunciar injusticia
Fracaso
Una aventura nocturna
Hombre marginado, solitario de clase media
Posibilidad de affaire
Fracaso
El jefe
Hombre de clase media que quiere pedir un aumento
Borrachera con su jefe
(posibilidad de aumento)
Fracaso
Tristes querellas en la vieja quinta
Hombre de clase media de vida monótona
Aparición de nueva vecina (Doña Pancha)
Fracaso
Espumante en el sótano
Hombre de clase media
Aniversario de trabajo (posibilidad de un aumento o reconocimiento)
Fracaso
Un domingo cualquiera
Joven de clase media
Conoce una chica de clase alta
Fracaso
La juventud en la otra ribera

Hombre maduro de clase media
Affaire con una francesa
Fracaso
  
La columna denominada “situación final” trata de resumir escuetamente si se tuvo “éxito” o “fracaso” en la empresa de acabar con la parálisis que sumía a los personajes. Es decir si su situación cambió (éxito) o permaneció igual (fracaso) después de la irrupción en sus vidas del elemento “desparalizante”.

Sólo hemos tomado en cuenta algunos cuentos que parecen emplear este esquema. Esto se da más en los relatos de corte realista, no en los cuentos fantásticos ("La insignia", "Doblaje", "Ridder y el pisapapeles", "Demetrio", "El carrusel") ni en los evocativos ("Los eucaliptos", "Sólo para fumadores" y toda la saga de Relatos Santacrucinos). En Ribeyro, esto es sólo referencial, no afirmamos que siguen esquemas idénticos, sino que existe una influencia joyceana ineludible que muchos críticos se han empeñado en negar.

Este proceso se repite en la obra de Joyce, como vemos a continuación:

Cuento
Situación de “parálisis”
Elemento que trata de remover la
 parálisis
Las hermanas
Niño confundido
Muerte del sacerdote Flynn
Un encuentro
Niños oprimidos por un colegio estricto
Escape de clase para irse de paseo
Araby
Niño oprimido en mundo de adultos
Se enamora de una chica y trata de comprarle un regalo
Eveline
Joven sin futuro

Posibilidad de huir con un marino
Después de la carrera
Estudiante marginado de clase media
Posibilidad de juntarse con amigos de clase social alta
Dos galanes
Estafadores de poca monta

Intento de robarle dinero al patrón de una empelada
La casa de huéspedes
Madre e hija de baja clase socio-económica

Posibilidad de matrimonio forzado de la hija
Una nubecilla
Abogado mediocre
Encuentro con un amigo exitoso
Contrapartidas
Oficinista mediocre
Trata de divertirse y salir con sus amigos

Arcilla
Sirvienta de vida mediocre
Fiesta de Halloween
Un caso doloroso
Solterón mediocre
Posibilidad de encontrar el amor
Día de la patria en la oficina del partido
Miembros mediocres de un partido
Día conmemorativo de la muerte del fundador
Una madre
Madre e hija de carrera artística menor
Posibilidad de concierto
Una gracia
Borrachín reincidente
Grupo de amigos trata de reformarlo
Los muertos
Joven confundido
(Gabriel)
En una fiesta se entera del antiguo amor de su novia.

Sólo que aquí el resultado siempre es el mismo: en todos los cuentos los personajes se dan cuenta, toman autoconciencia de su propia parálisis, al margen de lo que les pase después.

Haciendo una comparación podemos notar que, por ejemplo, tanto en “Las hermanas” de Joyce como en “Por las azoteas” del cuentista miraflorino contemplamos a un niño que queda impactado por la presencia de un adulto misterioso y su posterior muerte, lo que rompe la parálisis en la que vive el menor, llevándolo a la “pérdida de la inocencia”, es decir al autoconocimiento. Un esquema similar, con algunas diferencias, notamos en “Los gallinazos sin plumas” y “Página de un diario”.

Lo “no dicho”

Otro punto en común en el estilo narrativo de ambos autores es la presencia de innumerables silencios y elementos “no dichos” en los cuentos, estilística muy coherente con la idea central de los relatos: la parálisis. Así, es más apropiada una narración tímida, callada y poco activa para describir unas vidas abrumadas por la desesperanza de ver repetida una existencia sin sentido. Los silencios son un tema estudiadísimo en la obra joyceana[18] y esta insistencia en lo “no dicho” ha sido también reconocida por varios críticos sobre Ribeyro[19]. El autor siente predilección por este estilo, como la ha dicho varias veces en entrevistas, en su “Decálogo” y en su diario[20].

Este elemento se aprecia más profundamente en un cuento como “Arcilla” donde está implícita la idea de la muerte cercana de la protagonista. O, en el caso de Ribeyro,  en “Noche cálida y sin viento” donde se llega al extremo bien apuntado por Irene Cabrejos- de lo “no escrito”.

¿No me creen aún?

Bueno, pasemos a lo que dice el propio autor entonces. Conversando respecto a la concepción de su primer libro, Los gallinazos sin plumas, le preguntan a Ribeyro:

“Esta norma, esta concepción ¿a ti se te ocurrió o la tomaste de una escuela, la aprendiste de alguien?
 
Fue influencia de Dublineses, el libro de James Joyce. Si uno lee con detenimiento encuentra que todos los cuentos que lo componen son episodios que ocurren en pocas horas. Incluso, el último, que es el más largo, un cuento imperecedero que se llama “Los muertos”. Es sólo la descripción de una fiesta, de una cena en la que todo transcurre. Sí, fui influido por ese libro que había leído unos años antes. Se me ocurrió que era la técnica que convenía para una colección de relatos sobre Lima[21]

Y en el prólogo de la primera edición (1955) del mismo Los gallinazos sin plumas, señala sobre las razones por las cuáles eligió los cuentos para su primer libro:
"El criterio que he adoptado para su selección ha sido el de afinidad. Afinidad de estilo, afinidad de técnica, pero sobre todo afinidad de tema y afinidad de intención (...) En este sentido, los Dublineses de Joyce son un ejemplo característico."

Más claro ni el agua. Aunque quizás, después de todo, lo afirmado por el propio autor, sólo sea un elemento a tomar en cuenta y no algo definitivo ya que, con algo de escepticismo ribeyriano, no podemos llegar a verdades o certezas sobre algo y, sobre todo, como ya lo han dicho escritores como Vargas Llosa[22] y el propio Ribeyro[23], un escritor muchas veces se equivoca sobre su propia obra.






[1]  Así  Washington Delgado (“Julio Ramón Ribeyro en la generación del 50” en: Tenorio Requejo, Néstor. Julio Ramón Ribeyro: el rumor de la vida. Lima: Arteidea, 1996, p. 115.) dice textualmente: “Sus modelos no fueron Proust ni Joyce”. De igual parecer es Peter Elmore que afirma que “A diferencia de Flaubert y Joyce, que retrataron al autor como un pequeño dios, JRR opta por una imagen secular…”. Elmore, Peter. “Las voces del silencio. Los relatos de Julio Ramón Ribeyro” en: Tenorio Requejo, Néstor. Op. cit. p. 216.
[2]   Como señala, por ejemplo,  José Miguel Oviedo (“Ribeyro o el escepticismo como una de las bellas artes” en: Tenorio Requejo, Néstor. Op. cit. p. 165.)) al afirmar que Ribeyro “seguía los patrones más clásicos (Sthendal, Balzac, Maupassant, Chejov)”. También Julio Ortega (“Presentación” a Luchting, Wolfgang. Julio Ramón Ribeyro y sus dobles. Lima: INC, 1971) e incluso su amigo Alfredo Bryce que menciona que “la entonación de estos relatos podría evocar el prolijo registro de Chejov, ese soliloquio intenso, breve e íntimo. Solo que la variedad episódica evoca a Maupassant”. Bryce Echenique, Alfredo. “Una pasión gratuita de Ribeyro”  en: Tenorio Requejo, Néstor. Op. cit. p. 105. La lista podría seguir.
[3] Luchting, Wolfgang. Estudiando a Julio Ramón Ribeyro. Frankfurt : Vervuert, 1988, p. 163.
[4] Como se  puede deducir de la prosa apátrida número 72.
[5] Apunte del diario del 27 de enero de 1978. La tentación del fracaso. Diario Personal 1975-1978. Tomo III. Lima: Campodónico, 1995, p. 196
[6]  Como lo menciona en su decálogo del cuento “Al leer cuentos de Kafka, Joyce (…) descubrí nuevas probabilidades y goces en el relato breve; la lógica del absurdo, la habilidad técnica, el arte de lo no dicho”. Ribeyro, Julio Ramón. La palabra del mudo. Cuentos 1952-1993. Tomo I. Lima: Campodónico, 1994, p. 7. Del Ulises, tuvo siempre opiniones favorables, sin llegar al entusiasmo. Así, en su artículo “Las alternativas del novelista” lo menciona positivamente. Opiniones apocadas si las comparamos con las de narradores como Vargas Llosa, Zavaleta o Miguel Gutiérrez que incluso, esto dos últimos, han llegado a escribir críticas sobre Joyce.
[7] En una carta a su editor Grant Richards, del 5 de mayo de 1906, Joyce escribió: “Mi intención era escribir un capítulo de la historia moral de mi país y escogí Dublín para escenificarla porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis”. The letters of James Joyce, vol. II, editado por Richard Ellman, Londres: Faber and Faber, 1966, p. 134. Citado por Fernando Galván en su Introducción a Dublineses, 3ª edición, Madrid, Cátedra, 2002, p. 22.
[8] Tindall, William York. A Reader’s Guide to James Joyce. Nueva York, Farrar, Straus & Giroux, 1959, p. 6. Citado por  Fernando Galván, op. cit. p. 60.
[9]  Al respecto Valero, Eva María. La ciudad en la obra de Julio Ramón Ribeyro. Valencia: Universidad de Alicante, 2003, 303 pp.
[10] Un indirecto esbozo de esto se da en el artículo “Lima: ciudad sin novela” en: La caza sutil, Lima: Milla Batres, 1976.
[11] Vargas Llosa, Mario. “Prólogo” a Dublineses. Barcelona: Círculo de lectores, 1988, p. viii.
[12] Carta al crítico y traductor alemán Wolfgang A. Luchting, del 24 de octubre de 1966.
[13] Este concepto de inmovilidad ha sido también detectado por José Miguel Oviedo que postula que “Ribeyro sabía narrar a través  de esos pasajes de la vida humana en los que no ocurre nada, en los que parece que la existencia se estanca y pudre en la inmovilidad”.  Oviedo, José Miguel. “Ribeyro o el escepticismo como una de las bellas artes” en: Tenorio Requejo, Néstor. Op. cit. p. 163.
[14] Morris Beja, “Epiphany and the Epiphanies” en Zack Bowen y James F. Carens (eds.), A Companion to Joyce studies, Westport, Connecticut: Greenwood Press, 1984, págs. 707-725.
[15] Por ejemplo Alejandro Losada resume que “Los cuentos de Ribeyro son la historia reiterada de un fracaso”. Antonio Cornejo Polar, en su Historia de la literatura en el Perú Republicano opina que “En la obra de Ribeyro actúa un a priori inconmovible, definido por la certidumbre del fracaso final”. Ambas citas extraídas de Gutiérrez, Miguel. “La narrativa del 50” en  Tenorio Requejo, Néstor. Op. cit. p. 129.
[16] “Otro modelo narrativo que Ribeyro emplea con frecuencia refleja su escepticismo respecto a la capacidad de los hombres para cambiar sus circunstancias existenciales. Esta estructura es circular, en cuanto presenta una insatisfactoria situación inicial, de la cual el protagonista procura escaparse, pero tal intento se ve frustrado, generalmente tras una breve ilusión de éxito, que sirve para acentuar su conciencia de estar atrapado.” Higgins, James. Cambio social y constantes humanas: la narrativa corta de Ribeyro. Lima: PUCP, Fondo Editorial, 1991, p. 95
[17] Irene Cabrejos señala que “Los temas que mencionaremos a continuación están imbricados unos con otros y se encuentran presentes a través de etapas sucesivas en la estructura profunda de los relatos. Se trata de un proceso temático que puede definirse así: el protagonista, generalmente un marginal solitario y nocturno (…) posee una primera conciencia de sí mismo al inicio del relato, identidad que no siempre corresponde a lo que realmente es. De pronto, en su existencia rutinaria y sin esperanzas, irrumpe por azar una circunstancia imprevista que podría cambiar, aunque sea momentáneamente, la vida del personaje principal pero que pone a prueba su identidad. Es aquí cuando se da el combate solitario (…) ente le hombre y su circunstancia, un proceso gnoseológico de reconocimiento, que permite el desarrollo de la anécdota misma del relato” (las cursivas son de la autora). Cabrejos de Kossuth, Irene. “Julio Ramón Ribeyro; poética, evolución narrativa y temática” en: Lienzo, nº 18, 1997, p. 38
[18] Por mencionar dos ejemplos: Rabaté, Jean Michel, “Silence in Dubliners”, en Colin Mac Cabe (ed.), James Joyce: New perspectives.Brighton, Sussex: The Harvesters Press, 1982, p. 65. También, Brown, Richard. James Joyce: A Post-Culturalist Perspective, Londres: Macmillan, 1992, p. 10.  
[19] Como Giovanna Minardi en Tenorio Requejo, Néstor. Op. cit. p. 149. También Irene Cabrejos de Kossuth, “Julio Ramón Ribeyro; poética, evolución narrativa y temática” en: Lienzo, nº 18, 1997, p. 38, aunque aquí, para ella, esto lo aproxima a más a Henry James.
[20]  Apunte del diario del 20 de agosto de 1975. La tentación del fracaso. Op.cit. p. 43-44.
[21] Coaguila, Jorge. Las respuestas del mudo (Entrevistas). Lima: Campodónico, 1998, p. 173.  
[22] “Las afirmaciones de un novelista sobre su propia obra no son siempre iluminadoras; pueden ser incluso confusionistas, erróneas, porque el texto y su contexto son para él difícilmente separables y porque el autor tiende a ver en aquello que hizo, lo que ambicionaba hacer (y ambas cosas así como pueden coincidir, muchas veces divergen considerablemente)”. Vargas Llosa; Mario. La verdad de las mentiras. Barcelona, Seix Barral, 1990.
[23] “Muchas veces los autores se equivocan frente a aquello que ellos mismos hacen. En este sentido, mucho más cerca de la verdad pueden estar los críticos que los autores”. Entrevista de Jorge Coaguila a Ribeyro, extraída de http://julioramonribeyro.blogspot.com/2009/04/entrevista-ribeyro-1993.html.



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