martes, 30 de marzo de 2010

De vuelta... al colegio (parte 1: Vallejo feat Ciro Alegría)

martes, 30 de marzo de 2010

Qué ricas que son las vacaciones. Y qué feo que es tener que volver a la obligación de los tareas. Pero muchos de los escritores empezaron así, pergeñando sus primeras letras en el cole. Y es que existen muchos casos en la literatura peruana donde la etapa escolar fue más que aprender ortografía. Tenemos alumnos que tuvieron como profes a autores famosos, trabajos de cole que se convirtieron en clásicos de la literatura y hasta promos donde más de uno fue escritor. Por ahí ya hubo un post sobre la influencia de la adolescencia y el cole en la literatura peruana. Pero vamos por partes. Este es solo un ejercicio semi lúdico. Quizás hasta pueda servir como tarea del cole para alguien.

Vallejo feat Ciro Alegría

César Vallejo fue profe de Ciro Alegría cuando éste estaba en primer grado, Ambos eran de la sierra de La Libertad y estaban algo perdidos en la moderna Trujillo. Quizás Vallejo se vio en Alegría, cuando niño. El vate era muy sensible a estos temas, como se puede apreciar en Paco Yunque. Aquí algunos extractos de la versión de Ciro como lo cuenta en Mucha suerte con harto palo: (con comentarios del editor, jeje)







(…) mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:

—Aquí te vas a sentar… Pon dentro tus cositas… No, así no… Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro… También tu gorrita…

Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:

—Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?
Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:

—Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho…



Es difícil creer una conversación más fresa entre dos de las más grandes figuras de la literatura peruana. Uno hablando de lo que le encargó su mamita y el otro ordenando las cositas, la gorrita y aconsejándole que tiene que ser un buen niño. Nada que ver con las trágicas situaciones de El mundo es ancho y ajeno o con la sufrida y dolorosa imagen que suele asociarse a Vallejo y su típica foto con el puño en el cachete (la del billete de diez mil intis). Pero más graciosa es aún su primera tertulia literaria:


(…) De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de “Pato”. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:

—Ya pasé “Pato” hace tiempo. También “Rosita” y “Pepito”. Yo sé todo ese libro…

Vallejo me miró inquisitivamente:

— ¿Sabes también escribir?



Bueno ¿y qué esperaban? No iban a criticar las últimas publicaciones de Maeterlinck o Musil ¿no? Además esas de “Pepito” y “Rosita” las he leído y son muy recomendables. Al menos Ciro, como alumno, era bastante dedicado. ¿Y Vallejo de profe?:


(…) César Vallejo —siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi— estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros —no recuerdo si eran grises o negros— brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era viejo y luido y, cerrado la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril.
¿Fumando frente a los chibolos de primer grado? Faltosazo. Pero lo que viene es más bizarro. No me alucino a César Vallejo cantando temas infantiles tipo “Pulgarcito” con mímica y todo. Too much.


(…) César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores.

Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de Julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: “¡Ahí va Vallejo!”, “¡Ahí va Vallejo!”.
Eso sí, sí me lo imagino desganado ante esa estúpida idea que tiene aún algunos colegios de hacerles perder el tiempo a los alumnos preparándose para desfiles, como si fuera la única forma de demostrar patriotismo. Sin embargo, el profe seguía con las perlitas:

Por las mañanas, llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos —que lo eran todos los escritores jóvenes de la ciudad— o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio Director del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el director cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.



Jajajaja, llegando tarde porque se la pegó la noche anterior. Dictar clases resaqueado. Maestro. Con razón lo admiraban sus alumnos. O al menos Ciro, que era su hincha y lo defendía:


Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble y le reproché:

—¿Y qué? Es profesor y eso es bueno…

—¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año… Un “muerto de hambre”…

Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:

—Ni siquiera como poeta sirve… mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

—Es un gran poeta —repliqué muy afirmativamente.


Y la bronca continuó. Este pasaje me hace recordar la discusión entre el buen Stephen Dedalus y sus compañeros por quién era mejor poeta: Byron o Lord Tennyson, que aparece en Retrato del Artista Adolescente, obra que curiosamente se publicó casi en el mismo año en el que Ciro debutó en las (j)aulas. El relato de Alegría es bastante más extenso y tiene muchas otras anécdotas, sobre el paso de Vallejo por el magisterio. Algo similar también relata Eduardo Gonzáles Viaña en su novela
Vallejo en los infiernos
, pero no es tan chévere.

Coming soon… Arguedas feat Eielson/ César Moro feat Vargas Llosa
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