lunes, 29 de mayo de 2017

Viajar libros (17): Florencia (parte 2)

lunes, 29 de mayo de 2017

El lunes tiene esa sensación de rutina y sinsentido, que nos hace cuestionarnos sobre la verdadera utilidad de hacer ciertas cosas. Algunas por obligación y otras por vocación. Ir a los museos en Florencia es un poco una mezcla de ambas. Sí, nos gusta el arte, pero a veces entra la duda de si valdrá la pena el esfuerzo, no digo ya de producirlo, sino solo de disfrutarlo. Parafraseando a ya saben quien, el arte (y la lectura) deben ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. 




Pienso en eso al hacer la cola para entrar al Museo Uffizi, que se siente casi como el aeropuerto, por los controles, detectores de metales y los militares que están en todo Italia, no cesa la emoción de saber que veré por primera vez, en vivo, cuadros y esculturas que solo he visto en papel y pantallas. Una emoción que la han sentido muchos, por ejemplo Bill Bryson, que en su libro de viajes sobre Europa mucho de las hordas de turistas en especial en este museo. Rilke escribió todo un diario sobre sus visitas aquí. Steinbeck dice: "Vas a los Uffizi de Florencia (...) y quedas tan abrumado por el número por la potencia majestuosa del pasado, que sales de allí angustiado, con una sensación como de estreñimiento. Y luego cuando estás solo y recuerdas, los lienzos se seleccionan solos, tu gusto y tus limitaciones eliminan unos, pero otros se alzan claros y limpios. Puedes volver a mirar una cosa sin que te atribulen los gritos de la multitud". Ojalá tuviera esa capacidad. La cámara del teléfono recordará por mí. 

No los atosigaré con innumerables fotos que seguramente podrán encontrar en otros lugares, con mejor resolución y sin un ave de corral malogrando el encuadre. Solo una, quizás no tan recordada como los interminables de lienzos de Boticelli, Tiziano y Caravaggio, pero que me gustó porque me hizo recordar el texto de Aquiles y la tortuga que está en Discusión, un compilado de ensayos borgiano.  



No conforme con tanta sobredosis estética, salgo del museo y camino rumbo al que para mí es el icono de la ciudad: el David de Miguel Ángel que se encuentra en la Galleria de la Academia, un museo más pequeño, construido casi como para que se luciera solo esa estatua. Está a pocas cuadras de donde me he alojado, en Via San Gallo (nombre apropiado). Luego de cumplir con mis obligaciones turísticas y culturales, recuerdo que no he comido y ya es tarde. 

Mientras almuerzo, pienso en mi siguiente paso. Se pueden hacer muchas cosas. Aquí Calvino estudió Agronomía, Huxley esbozó su primera novela, Petrarca y Bocaccio tuvieron su decisivo encuentro y Herman Hesse se enamoró de su esposa. Alelado ante tantas opciones, camino por ahí. Lentamente oscurece. Pero no hay problema, porque el arte y la belleza (y los turistas) siguen (seguimos) ahí. En Florencia a veces pareciera que el museo está más en las calles que dentro de los palacios en los que hay que pagar entrada.



Falta un clásico: ir al Ponte Vecchio sobre el río Arno. Disfrutar las luces reflejadas en la corriente que fluye indiferente, no tanto como el puente, atormentado por los candaditos esos que ponen las parejas y que son parte de un bestseller que me da flojera googlear. Del Arno, Mark Twain en Inocentes en el extranjero dice que “Sería un río agradable si le añadieran agua”. Agregaría también si hubiera menos joyerías y vendedores de selfiesticks callejeros.



Cruzo el puente y, ya en la otra orilla, me dirijo supuestamente rumbo a la Piazza Pitti, donde está la casa donde vivió Dostoyevski y escribió El idiota. Me pierdo. Me siento como el título. Supongo que era inevitable porque 1) no tengo internet en el celular y menos google maps, 2) mi italiano es penoso (mi español también) y cuando me doy cuenta estoy en un gran parque, completamente solo. Lo curioso es que no me incomoda, de hecho, por fin estoy lejos de la multitud, en plena noche, en silencio: si hay insectos, ya cerraron el kiosko y se fueron a dormir. 

Según mi plan debería ir después para la Iglesia della Santa Croce, donde están enterrados personajes como Galileo o Maquiavelo y donde Stendhal casi se desmaya de tanta belleza. Soy Pollo, pero no tanto. O no para el arte. O no como Stendhal. O, tal vez, he vivido engañado toda mi vida y mi sensibilidad es casi nula. Es más tranquilo estar solo, en silencio y a oscuras a miles de kilómetros de casa y de mi vida real. Libre de fotos, de arte, de todo.

Al día siguiente, parto a Pisa.


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